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RABBI BEN EZRA

por Robert Browning
traducido por Armando Roa Vial

 

¡Envejeced junto a mí!,
todavía nos aguarda lo mejor,
el final de la vida, el origen del principio:
nuestros tiempos están en Su mano,
y Él dice: «Todo lo he ordenado;
la juventud solo muestra una parte; confiad en Dios:
mirad el todo sin temor».

No porque nuestra juventud, recogiendo flores,
suspire: «¿Qué rosa abrazaremos?»;
o «¿Cuál de todos los lirios que abandonamos
recordaremos después como el mejor?»;
ni tampoco porque anhele admirando las estrellas:
«Ni Júpiter ni Marte; la mía será una llama
cuyo resplandor a todos abrazará».

No por esas esperanzas y temores
que ensombrecen los fugaces años de la juventud,
yo la condeno. ¡Bienvenida sea la locura!
Y me satisface el ignorar
si otros seres, más elementales,
habitan fuera de nosotros,
fragmentos de tierra finita y acabada, imperturbables.

Pobre ostentación sería esto de la vida,
si el hombre sólo creciera
para alimentarse de goces y hacer de su existencia un festín:
pues acabado el deleite
nuevamente el ocaso se cierne sobre él.
¿Acecha el hastío al pájaro ahíto? Y la duda: ¿acaso inquieta las
henchidas fauces de las bestias?

Alegraos de estar próximos
a Aquel que provee
y no participa, que entrega sin recibir.
Pues basta un ligero temblor para perturbar nuestras raíces.
Más cerca de Dios están los que dan
de aquellos que sólo reciben: eso debo creer.

Entonces, saludad las dificultades y penurias
que transforman en áspera la suave superficie de la tierra;
ellas son el aguijón que nos impele a seguir adelante
antes que a rendirnos o a quedarnos inmóviles.
¡Seamos nuestras propias alegrías,
con sus tres esferas de dolor!
Luchad, sin escatimar esfuerzos;
aprended, olvidando el sufrimiento;
arriesgaos, sin tomar en cuenta las angustias.

Porque entonces -una paradoja cuya mofa nos alienta-
la vida vencerá allí donde parece fracasar;
aquello que quise ser y no fui me conforta;
una bestia pude haber sido, pero no descendí en la escala.

Acaso no es una bestia
aquel cuya carne hace del alma un mero acomodo,
cuyo espíritu sólo trabaja por miedo a que brazos y piernas
quieran jugar.
Para el hombre propongo esta medida:
¿Cuán lejos puede su cuerpo proyectar lo mejor de su alma,
en su peregrinar solitario?

Los dones deben ser útiles:
reconozco al Pasado, profuso en perfección y poder;
ojos, oídos que tomaron su parte,
el todo atesorado por el cerebro.
¿No debe el corazón exclamar de una vez: qué hermoso es vivir y aprender?

Que exclame: «¡Os bendigo!,
ya veo el sentido de tus designios;
yo, que vi el poder, veo también ahora el perfecto amor.
Acabado es Vuestro plan:
gracias por haber hecho de mí un hombre.
Hacedor: cambiad o completad. ¡Confío en lo que hagáis!».
Grata es esta carne.
Y nuestra alma, cautivada por esta tierra,
aún suspira en busca de reposo:
Y si nosotros algún premio pudiésemos abrazar
para competir con todas esas múltiples posesiones
de las bestias,¡ganar más porque fuimos mejores!

No digáis nunca:
«A pesar de esta carne
hoy luché y avancé y gané terreno con respecto al todo».
Y así como el pájaro que vuela y canta,
debéis gritar: «¡Todas las cosas buenas
nos pertenecen; ya el alma no necesita del cuerpo
más de lo que el propio cuerpo necesita del alma».

Por eso emplazo a la vejez
para que reconozca la herencia de la juventud,
ahora que la lucha por la vida alcanza su fin;
así avanzaré, reconocido como un hombre
por siempre alejado de las bestias; un dios seré,
aunque sólo en gestación.

Y así descansaré,
antes de partir una vez más
hacia mi nueva y valiente aventura:
sin temor ni perplejidad,
emprendiendo la próxima batalla,
eligiendo para ella armas y coraza.

Consumida la juventud
probaré mi ganancia o mi pérdida,
sin perturbar las cenizas que queden del fuego:
pues aquello que en ellas subsiste es sagrado;
y a mi vida juzgaré,
alabándola o censurándola.
Cuando se es joven, todo parece dudoso;
y cuando se es viejo, todo se da por sabido.

Y notad que al llegar el crepúsculo
hay un momento inevitable en el que
todo fulgor es arrebatado del horizonte.
Es entonces cuando un susurro del oeste
nos punza: «Agregad esto a vuestro reposo,
recogedlo y poned a prueba su valor: aquí muere otro día».

Así, aun dentro de la vida,
alzándome por encima de sus luchas,
dejadme discernir, comparar y pronunciar al fin:
«Este ardor, en su raíz, era bueno;
aquella complacencia, en cambio, era vana:
puedo ahora, que ya conozco mi Pasado, encarar el Futuro».

Porque más que eso no le está reservado al hombre,
cuya alma apenas dotada
sólo puede realizar en el Futuro lo que aprende en el Presente:
y ya aquí hay bastante trabajo con apenas observar
la labor de los Maestros, captando el adecuado desarrollo
del verdadero Arte y los secretos del correcto juego
de las herramientas.

Buscando lo mejor la juventud
debía luchar, aun con torpes movimientos,
para realizar aquello cuyo cumplimiento
observaría luego en la quietud de la vejez;
Así, al avanzar la edad, conocemos mejor,
sin luchas que nos pongan a prueba.
Esperasteis la vejez: ¡pues ya es tiempo de aguardar la muerte sin temor!

Por ahora es suficiente con que lo Recto,
lo Justo y lo Infinito
sean nombrados por sus nombres, así como vos llamáis tuya vuestra mano,
con conocimiento absoluto,
no sujeto a las disputas
de los necios que acechaban vuestra juventud
sin dejaros juzgar con independencia.

¡Y que de una vez para siempre
las grandes mentes se aparten de las pequeñas,
anunciando a cada cual el lugar que le corresponde en el Pasado!
Fui yo quien condenó al mundo
mientras los hombres mi alma desdeñaban.
¡Dejad que la vejez anuncie al fin la verdad
y traiga paz sobre nosotros!

Mas ahora, ¿quién juzgará?
Diez hombres aman lo que aborrezco,
huyen de lo que busco
y desprecian lo que recibo.
Diez, que en ojos y en oídos
se comparan a mí; todos hacemos conjeturas,
ellos en esto y yo en lo otro:
¿en quién deberá confiar mi alma?

Como fuere, la sentencia no debe recaer
sobre aquello que el vulgo llama «Mercancía»,
sobre las cosas fabricadas que atraen la vista
y cuya razón de ser es su precio;
sobre ellas y desde un mismo nivel
el bajo mundo posó sus manos,
avaluándolas con rapidez.

Pero todo aquello que el tosco pulgar
y los dedos fallaron en aferrar
pasó de largo en el recuento final;
y los impulsos inmaduros
o los propósitos inciertos,
cuya carga no era pesada como obra suya,
todavía engrosan la herencia del hombre.

Pensamientos difícilmente aprisionables
en actas estrechas,
fantasías que ganando terreno a través del lenguaje
lograban escapar:
todo aquello que nunca pude ser,
todo aquello que los hombres ignoraron en mí
y que era valioso ante los ojos de Dios,
cuyo torno modeló mi arcilla.

¡Ay, meditad en ese torno de Dios, el Alfarero,
ese verdadero símbolo, y sentid
cuán rápido gira el tiempo y cuán quieta es la arcilla
de la que hemos sido hechos;
vos, a quién los insensatos fustigaron mientras
corría el vino: «Puesto que la vida es huidiza, todo cambia;
el Pasado se ha marchado; asentaos en el Presente».

¡Necio! Lo que existe, en su conjunto,
dura para siempre, revocando todo término;
que la tierra cambia, es cierto;
pero Dios y tu alma se mantienen firmes;
lo que en ti ha penetrado, eso fue, es y será;
el curso del tiempo retrocede o se detiene:
mas el Creador y su obra permanecen para siempre.

Fue Él quién fijó vuestra alma en este baile
de circunstancias cambiantes,
en este Presente que vos quisierais gustosamente detener:
engranaje sólo encaminado
a retorcer vuestra alma, a probarla, a cambiarla,
a marcarla con fuerza.

¿Qué importa si nada ya imprimen en vos los alegres amores?
¿Qué importa si bordeando vuestras orillas
crecen seres cadavéricos apilándose sombríamente
y obedeciendo con severidad la presión cada vez más firme?

¡Mirad el arriba y no el abajo!
La mesa del festín, el brillo de la lámpara,
el estruendo de las trompetas,
y la espuma rebosante del nuevo vino
mientras los labios del Maestro se encienden!
Vos, Maestro, copa consumada del cielo,
¿qué necesidad tenéis de esta tierra?

Pero yo os necesito, ahora y después,
Dios que moldeas a los hombres:
porque cuando mi existencia comenzaba a desbordarse,
atado como estaba en la rueda de la vida
con abundancia de formas y colores,
malogré mi fortuna, que era saciar Vuestra sed.

Así pues, recoge y usa Vuestra obra:
enmienda las faltas que en ella se escondan,
las deformaciones de la materia, las torceduras que rompen la medida.

¡Mi tiempo está en Vuestra mano!
¡Y perfecto es mi destino, como Vos lo planeasteis!
¡Dejad que mi vejez apruebe mi juventud y que la muerte,
en su seno, a ambas reúna!

 

de: Rabbi Ben Ezra y otros nueve poemas (Santiago, Ediciones del Traditore, 1996)

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